Hace poco yo estaba en Madrid, en un festival de ésos de pelúos. No sé muy bien qué pintaba yo allí, que esa música a mí… Pero bueh… Me dijeron de ir unos cuantos colegas que son melenúos.
Y la gente iba más pasá… Un maromo que vi más pallá qué jartón no se habría pegao de coca que, pa intentar mantenerla pará, iba con la mano agarrándose la boca. Como los cabezúos.
No quisiera yo dar a entender que son cosas na más de los metaleros porque drogas hay por doquier. Si no, párate a ver a los diputaos y a los costaleros. Por poner…
Total: yo por aquello de congeniar y adaptarme al entorno, pos me tuve que colocar. Y, al final, me metí más eme, que es lo que había, que lo que se meten al cabo de un día los que graban el cine porno.
Por lo visto, probar el eme dentro de to no es tan peligroso, lo que tienen esos polvitos es que te vuelven muy cariñoso. Y yo allí con mi subidón celebrando igual que quien baila rumbas la letra de un necrofílico que es feliz profanando tumbas. La letra de un necrofílico que es feliz profanando tumbas.
Seguro que no contabas con ver aquí cuando esta mañana ibas arrecío llevando al cole a tus dos chiquillos (¡pim, pam, pum!) un necrofílico por tanguillos.
Salimos del festival, yo to el rato allí repartiendo abrazos con la zona dorsal-cervical reventá de dar cabezazos.
Y, en vez de decir “Vamos pal hostal, que me alivie aunque sea”, se me ocurre una gran idea.
“Cucha, quillo, quillo, frena: esta noche vamos a triunfaaar... Ya tú sabe. ¡Vamos pal cementerio de La Almudena!” Y mis colegas, que, aparte de enfermos, como yo, son unos cabrones, dijeron las palabras clave: “¡No hay cojones!”
Llegamos al camposanto pasás las doce lo mismo que el Errejón: de colocón y buscando roce. Y, na más colarme con aire intruso, me encuentro de vellón a la pava de Ayuso.
“Cuando encuentro el momento oportuno me vengo a rezarles a los muertos que tengo aquí: siete mil doscientos noventa y uno. Y les voy rezando de losa en losa.” Y pensé yo pa mí… “Cojones… Qué familia más numerosa”.
Como ya el polvorón de Ayuso me estaba dando bastante rollo, pos me fui pa seguir mi plan mientras que pensaba “A ver quién me follo” cuando al cabo de algunos metros bajo un crespón y unas flores que hay, me encuentro con una lápida en la que pone “Millán-Astray”. Me encuentro con una lápida en la que pone “Millán-Astray”.
Seguro que no contabas con ver aquí cuando al mediodía golismeabas desde tu casa por los visillos (¡pim, pam, pum!) un necrofílico por tanguillos.
Y me pongo a intentar recordar, a ver si me sirve ver tantos años “Saber y ganar”. Y, aunque tengo al principio la mente en blanco, doy con la solución: este pavo es el tuerto que fundó la legión, que era to colega de Francisco Franco.
¡Ay, ay, ay! ¡Yo sodomizando a Millán-Astray! Pa ser sincero, diré que el plan no me hacía ilusión, pero, como en verdad soy un romanticón y follar no me urge,
yo levanto la tapa y a ver qué surge.
Pos corro la losa, no veas qué pechá. Y, como resulta que hay gente emperrá en resucitar el jodido fascismo, levanto la tapa y compruebo por mí mismo en medio del acto furtivo que el muerto está vivo.
Y me mira fatal con su único ojo, me coge de aquí con su único brazo y, de un cabezazo, me manda al dentista. “Cómo hueles a rojo… Vaya pinta de mariconazo, te vas a cagar, cerdo comunista”.
Yo consigo zafarme y huyo temblando entero cual corderillo apenao de que me rechace porque, en verdad, tiene su puntillo y, al correr sin mirar atrás mientras él gritaba en la noche fría, notaba que su mirada condenatoria me perseguía. Notaba que su mirada condenatoria me perseguía.
Seguro que no contabas con ver aquí cuando por la tarde despotricabas de tu encargá por to los pasillos (¡pim, pam, pum!) un necrofílico por tanguillos.
Desde entonces mi coordinador me ha largao del trabajo, salió un tumor en mis partes de abajo, mi gran amor me ha mandao al carajo, volqué mi Ford al tomar un atajo.
Ardió mi casa, mi gato ha muerto. Quebró Rumasa, en la cual invierto. Y esto es lo que pasa… Pasa… Pasa… cuando te mira un tuerto.